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miércoles, 13 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 5



Terminado el bachillerato, como en Jaén no había universidad y la situación económica en casa era cada vez peor, no pude trasladarme a Granada para cursar una carrera universitaria como solía hacerse en las familias «de posibles». Por otra parte, aquello de la universidad quedaba lejos de mis intereses y mis pretensiones. Yo lo que quería en aquel momento era poder ganar algo de dinero para aportar a la familia y conseguir, en la medida de mis posibilidades, reducir las permanentes tensiones y violencias a las que nos sentíamos sometidos en casa y, de esta forma, devolverles un poco de paz y alegría a mis padres y a mi hermano. Pero, además, por encima de todo, deseaba salir cuanto antes de aquel Jaén agobiante. «El cor al vent buscant la llum» era en aquel momento el pensamiento que me dominaba.

En marzo de 1963 tomé una decisión: matricularme como alumno libre en la Escuela de Comercio con el fin de hacer una carrera breve y convertirme pronto en todo un perito mercantil; profesión que no me interesaba en absoluto, pero que me permitiría ponerme a trabajar enseguida.

Me convalidaron un montón de asignaturas por tener aprobado el bachillerato y tuve que superar otras (no sé cómo pude conseguirlo) como Contabilidad, Mercancías, Economía y Estadística, Taquigrafía o Mecanografía. De todas ellas, la única que me interesó y que me ha sido útil fue Mecanografía.

Entre junio y septiembre del 63 lo aprobé todo y, en tan solo seis meses, me convertí en un perito mercantil dispuesto a lo que fuera. Y ocurrió al momento: un mes más tarde, recomendado por mi tío (el que me liberó de las monjas), empecé a trabajar en el Servicio Nacional del Trigo, donde gané mi primer salario que, muy orgulloso, se lo di a mi madre. No me pagaban mucho, no recuerdo la cantidad, pero en casa provocó, lo recuerdo muy bien, un «Gracias a Dios» y una sonrisa. ¡Falta nos estaba haciendo!

En el Servicio Nacional del Trigo trabajé en el departamento de personal y tuve dos responsabilidades que llegarían a encantarme porque me permitieron mantener una relación muy directa con algunos compañeros. 

Por una parte, yo era quien preparaba a diario la lista de firmas que colocaba sobre una mesa a la entrada de la oficina para que el personal fichara su llegada puntual al trabajo. Lista que retiraba media hora después y que entregaba al jefe que controlaba a los que llegaban tarde o faltaban sin permiso para tenerlo en cuenta en la nómina de fin de mes. (En más de una ocasión hice alguna que otra trampa y permití a algún compañero que firmara a destiempo aprovechando que el jefe había salido del despacho. Venían a contarme el problema que habían tenido y yo, sin hacer más averiguaciones, siempre que podía, les ayudaba sin importarme demasiado si estaba bien o mal. Lo del «bien» y el «mal», ya en aquel momento, me parecía muy relativo. A fin de cuentas, se trataba solo de una firma furtiva y reconfortante).

Mi segunda responsabilidad era mecanografiar la nómina mensual del personal y preparar, uno a uno, los sobres con el salario en metálico que le correspondía a cada trabajador; sobres que mi jefe entregaba en mano el día 1 de cada mes. Recuerdo perfectamente las caras de algunos de mis compañeros de entonces abriendo el sobre y comprobando si el contenido era correcto. Para muchas de aquellas personas, cada primero de mes, con aquel sobre en las manos, suponía un volver a empezar siempre esperanzado. Evidentemente, los que no hacían cola para cobrar su sueldo eran los jefes, ¡claro!, a ellos les llevaba yo el sobre personalmente a su despacho. 

Los sábados y los domingos continuaba participando en las reuniones de la parroquia donde, semana a semana, seguí descubriendo realidades, posibilidades y valores humanos y democráticos que hasta entonces prácticamente desconocía y que iban desencadenando una transformación cada vez más consciente de mi personalidad; situación de cambio personal reafirmada, después de las reuniones, en largos anocheceres de chatos de vino y buen queso en El Gorrión.

Un libro que para mí fue esencial en aquel momento (más que esencial ¡definitivo!), fue La revisión de vida, de Albert Marechal, que se convirtió en el hilo conductor de los encuentros parroquiales y, posteriormente, en un referente vital de mi vida. Fue, sin duda, uno de los libros clave en la construcción del pensamientos democrático de muchos jóvenes españoles de los años sesenta a los que se nos calificaba, de forma peligrosamente despectiva, «rojos» o «de izquierdas».


«Ver, juzgar y actuar». Ese era el itinerario que Marechal nos proponía para poder vivir con dignidad: «Ver» conscientemente lo que acontecía en nosotros mismos y a nuestro alrededor; «valorar y juzgar» lo percibido y, a partir de ahí, «actuar» coherentemente y comprometiéndolo todo. En particular, y sobre todo, «la voz del corazón». Años más tarde, el poeta Celso Emilio Ferreiro me ratificaría aquella forma de actuar en las voces del grupo Aguaviva diciéndome: «O corazón é quen manda i eu obedezco». («El corazón es quien manda y yo obedezco».).

Aquel libro, que todavía conservo, fue, sin duda, el fundamento y la inspiración del que escribí veintisiete años después, titulado Música, canción y pedagogía; en el que el hermanamiento entre la «canción de autor» y la pedagogía ya era en mí un hecho consumado. En aquella publicación compartí una de las propuestas educativas de las que más satisfecho me siento, la llamé: «Sinfonía Pedagógica en Tres Tiempos». Más adelante hablaré de ella pero, de momento, he de reconocer que esos tres tiempos pedagógicos no son más que los que aprendí y viví en el que antes califiqué como itinerario de Marechal. 


Vuelvo de nuevo a mis reuniones parroquiales de 1963 para evocar uno de los hechos o circunstancias que influyeron decisivamente en mi vida y, en particular, en mi vocación pedagógica. 

Una tarde observé que, al mismo tiempo que nos reuníamos los jóvenes, se reunía también un grupo de niños de entre 7 y 12 años coordinados por un «instructor». Pregunté si aquel grupo pertenecía también a la comunidad y me dijeron que sí, que era un grupo de «aspirantes», o sea, niños y niñas que se estaban preparando para ser jóvenes de Acción Católica. 

Las palabras «instructor» y «aspirante», desde el primer día que las escuché, no me gustaron nada. Quizá por ese motivo, o sencillamente porque así tenía que ocurrir, me sentí muy atraído por la dinámica y las actividades que estaba realizando aquel grupo de muchachos. 

Recuerdo muy bien que estaban desarrollando una campaña de formación y acción a la que llamaban «Construyamos nuestro mundo». Durante varias semanas les pedí que me permitieran participar en sus reuniones y, en muy poco tiempo, llegué a la conclusión de que lo de «aspirantes» no tenía ningún sentido. Les llamaban así porque se decía que aspiraban a ser jóvenes para poder adquirir un compromiso ético y social, pero observándoles y escuchándoles era evidente que aquellos niños no aspiraban realmente a nada, porque ya se estaban comportando como personas con deseos y capacidad de construir un mundo mejor. Varias veces pensé que a aquel proyecto o movimiento de chavales (¡que me entusiasmó!) se le debía cambiar el nombre.

Tanto me impliqué en aquel llamado «Aspirantado» que, a los pocos meses, me convertí en su responsable diocesano y a los pocos días estaba pidiendo un permiso en el Servicio Nacional del Trigo para poder desplazarme a Madrid del 28 de agosto al 2 de septiembre para participar en las XI Jornadas Nacionales de Aspirantes.

Madrid surgió así, de forma inesperada, en mi horizonte y un 27 de agosto de 1964 me «eché a volar» hacia allí nervioso y entusiasmado. Realicé el vuelo en autobús, en la famosa «pava». Recuerdo la sensación de aire y de libertad que sentí en el momento en que atravesamos  Despeñaperros. ¡Emocionante!, ¡hermoso! «Al vent…, buscant la lum»


Mientras tanto, Paco Ibáñez acababa de grabar en París su primer disco cantando a Góngora y a Federico García Lorca; un LP hermosamente ilustrado por Salvador Dalí. ¡Disco que pude acariciar y escuchar por primera vez pocos meses después!.


«Ismael» Peña Poza, de Torreadrada (Segovia), residiendo también en París, grabó en 1964 su primer LP titulado Canciones del pueblo. Canciones del Rey, por el que le fue concedido el Gran Premio del Disco de la Academia Charles Cros.

Mikel Laboa, cantautor vasco, grabó aquel mismo año su primer single en Bayona, publicado por la editorial Goiztiri: Azken, compuesto de cuatro canciones tradicionales: «Amonatxo», «Bereterretxen kanthoria», «Aurtxo txikia» y «Oi Pello». ¡Imposible imaginarme en aquel momento la admiración y la linda amistad que, pasado un tiempo, llegué a sentir y compartir con Mikel años después!



Y en Montevideo (Editorial El Siglo Ilustrado) se publicaba en castellano el libro Cantos de la Nueva Resistencia Española (1939-1961), de los periodistas italianos Sergio Liberovici y Michele L. Straniero. Publicado en italiano dos años antes, en sus páginas los autores recogían los resultados de una investigación que llevaron a cabo en 1961 en torno a los cantos populares que surgieron de forma espontánea y subversiva en España a modo de protesta y resistencia frente a la dictadura franquista a la vez que como expresión del deseo y la reivindicación popular de un futuro libre y democrático. Fue en este libro donde me encontré, más tarde, con las primeras canciones de Chicho Sánchez Ferlosio que, por cierto, figuraban como anónimas; o con «Pueblo de España ponte a cantar», tema compuesto sobre un poema de Jesús López Pacheco que, en 1970, Adolfo Celdrán incorporaría a su primer LP Silencio).

lunes, 11 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 4



A decir verdad, mi adolescencia provinciana de principios de los sesenta transcurría teñida de una gran monotonía. Me aburría mucho. Aquello era simplemente «vivir» y yo buscaba y deseaba algo más

Un bachillerato que nunca me interesó, pero que debía ir aprobando a trancas y barrancas para tener contentos a mis padres y que no me castigaran. Conseguía evitar muchos de aquellos castigos falsificando por un lado (y, por cierto, con gran maestría) los boletines escolares que tenía que enseñar en casa y, por otro, en los boletines auténticos, la firma de mi padre confirmando que los había leído. Después yo mismo los entregaba en el colegio con un tremendo descaro. Que yo recuerde, nunca me pillaron.

Una familia típicamente burguesa venida a menos y con la imperiosa y absurda necesidad de guardar las apariencias. Yo era un «niño bien» de los Lucini, pero la realidad era que por aquel entonces mi familia más cercana estaba en la ruina y totalmente desintegrada.

Me recuerdo perfectamente vestido de dominguero con unos pantalones tan zurcidos en la entrepierna (porque solía romperlos con el roce de mis hermosos muslos) que parecían cartones. Los zurcidos no se notaban a la vista (la Singer hacía milagros), pero a mí me hacían polvo las piernas. ¡Qué escozores! Paseo «pa'arriba» y paseo «pa'abajo», de la Plaza de la Catedral al parque y, a veces, por San Ildefonso a la Alameda. Y las «niñas Pum», que cuando salías a la calle, ¡Pum!, siempre te las encontrabas; eternamente solteras. 

Tardes invernales de póker con Alfonso, en casa de Villegas, y tardes de rebotica en la farmacia de la Plaza de Cruz Rueda (nosotros la llamábamos la Plaza del Conde), en la que trabajaba  de mancebo uno de mis mejores amigos. Desde allí espiábamos a la muchachas que residían enfrente, en uno de los famosos Centros de la Sección Femenina. Había días de verano que nos quedábamos hasta bien entrada la noche y con el «periscopio» atento para no perdernos detalle en cuanto les llegaba la hora de acostarse o cuando alguna se despertaba para ir al baño. ¡Qué lindas que estaban!


Guateques vigilados por mamás impertinentes (nunca supe bailar); y unos primeros amores platónicos: «Hola», «¿Quedamos?», «¡Me gustas mucho!»; casi siempre reprimidos y silenciosos; y frecuentes despedidas a nombres y cuerpos de muchachas que me atraían enormemente y que luego poblaban mis sueños, pero a las que jamás llegué a tocar ni a besar.

Por otra parte, a partir del día que me di cuenta de la violenta (y evidente) crisis de pareja que vivían mis padres, empecé a sentir una gran tristeza, mucha inseguridad y una terrible angustia. Desde entonces, el desamor y el maltrato siempre me han despertado un desgarro que me rompe el corazón.

Junto a todo aquello me tocó vivir, como a la inmensa mayoría de los muchachos y las muchachas de la época, un absoluto oscurantismo respecto a la verdadera realidad social y política que se estaba viviendo en Andalucía y en España. Se aparentaba que todo iba bien, pero yo cada día sentía con más fuerza el despertar interior de una rebeldía sin nombre que, sin quererlo, se acrecentaba frente a todo lo que me envolvía. 

Conforme iba creciendo sentía que tenía que reprimir cada vez más mis sentimientos, lo de sentir y lo de enternecerme no era nada masculino. Mis padres, mis profesores y algún que otro insano confesor que pasó por mi vida, parecían tener como objetivo reprimir mi realidad corporal, mi ternura y mi sensibilidad. Y, sobre todo, cada vez era más consciente de que se me ocultaban y silenciaban grandes palabras y experiencias que en mi interior intuía buenas y placenteras (¡bendito sea el placer!), pero que el sistema se encargaba de calificar como prohibidas y pecaminosas. 

¡Ay, el pecado! Palabra sucia y maldita que me creó tantas y tantas absurdas culpabilidades. Hoy por hoy, pienso que aquello del pecado fue, sin duda, una de las más falsas amenazas represivas que he conocido y he padecido en toda mi infancia y adolescencia.

Un buen día, en el discurrir de aquella monótona adolescencia de incipiente rebeldía, tuvo lugar un encuentro inesperado que empezó a producir un hondo cambio en mi vida. Fue un domingo a la entrada de la Parroquia del Sagrario, junto a la Catedral de Jaén. Se me acercaron unos muchachos desconocidos de mi edad y me preguntaron si quería participar en unas reuniones que celebraban todos los domingos en la parroquia. Sin pensarlo mucho les dije que sí y a los pocos minutos me vi integrado en una de aquellas reuniones. 

Era un grupo de jóvenes de Acción Católica, lo que en aquel momento se conocía como la JACE. Más tarde supe que, en realidad, se trataba del germen de lo que pronto empezarían a llamarse «comunidades cristianas de base». 

En aquellas reuniones dominicales fue donde escuché por primera vez, con todo su valor y su fuerza, las palabras «solidaridad», «libertad», «justicia», «amor» y «compromiso»; y también fue allí donde empecé a percibir la profunda y misteriosa sensación de que algo nuevo e insospechado empezaba a hervirme la sangre. Allí me enteré de lo que eran los derechos humanos y la democracia, y de lo cruel que podía llegar a ser una dictadura (la nuestra). Escuché hablar por primera vez de Machado, Miguel Hernández, Ángela Figuera Aymerich, Celaya o Carlos Álvarez, y empecé a leer y a disfrutar sus versos. ¡Cuántas palabras y cuántas realidades espléndidas se me habían estado ocultando! ¡Cuánto tiempo y cuánta vida perdida!

Fue también en aquel contexto iluminador, crítico e incipientemente revolucionario, donde descubrí que todo aquello entraba en total contradicción con la forma de «ser cristiano» que me habían inculcado en casa y en el colegio. Fue allí donde supe (y cuánto me alegré) que ser cristiano de verdad y en serio consistía en creer y en vivir todo lo que, poco a poco, estaba empezando a descubrir en aquellas reuniones parroquiales y medio clandestinas.

Acababa de cumplir los diecisiete años, febrero de 1963, y un buen día, a la salida de una de aquellas reuniones de la parroquia, un cura «rojo», de los que se llamaban «de vocación tardía», que formaba parte de la comunidad, el cura Manuel, me regaló un single con cuatro canciones que acababa de publicarse y que le habían mandado unos amigos de Barcelona. «Está cantado en catalán», me dijo, «pero ya verás, es muy bueno y tiene mucha fuerza. Te va a gustar». Era el primer single de Raimon y uno de los primeros del sello discográfico Edigsa.


Como yo ya no tenía donde pincharlo me fui con el single a casa de Carolina, una vecina que en aquel momento me gustaba mucho, y, activando todos mis «genes ambientales», escuché, no recuerdo cuántas veces, las cuatro canciones del disco: «Som», «A colps», «La pedra» y «Al vent»; canciones que, de repente, se convirtieron en el pórtico de la historia personal y compartida que hoy escribo y llamo: Mi vida entre canciones.

Fue una tarde inolvidable. ¡Me encanta y me fortalece poder recordarla! No me fue necesario conocer la lengua de aquel muchacho de Xátiva. Los acordes de su guitarra y sus palabras, más que palabras gritos y sentimientos, resonaron en mi sensibilidad como si estuvieran construidas con una lengua universal que me resultaba familiar. Pequeñas palabras, la mayoría monosílabos rotundos, que me fueron desvelando una identidad y unas ganas de vivir que me resultaron a la vez nuevas y excitantes: «som», «terra», «serem», «a colps», «vida», «mort», «fe», «cel», «mar», «nit», «pau», «vent», «cor», «mans»,  «ulls», «llum», «déu», «món»,  «al vent», «al vent», «al vent»… 

Aquella tarde, ya de anochecida, un revuelo de sentimientos me hizo descubrir lo que, doce años después, nos decía Rosa León en su primer elepé, Al alba, cantando al poeta jerezano Carlos Álvarez: «Alguna vez a todos, a mí mismo, / nos ha crecido un árbol en las manos, /  o un mar sobre la frente, / o la esperanza como alfombra extendida, / a nuestro paso, /al encontrar un verso entre la hierba».



Así fue mi primer encuentro con la «canción de autor». «Al vent», simplemente una canción, fue el pórtico de Mi vida entre canciones. Lo he dicho y lo he escrito muchas veces: en gran medida, gracias a la «canción de autor» he ido construyendo mi personalidad y, sobre todo, mi humanidad y mi sensibilidad. Si soy lo que soy es gracias a los latidos que me han hecho sentir cientos de canciones.


Años después pude constatar que aquella misma experiencia que empecé a vivir en 1963, coincidía con la vivida y cantada por dos grandes creadores: Antton Valverde y Carlos Cano

«Herri-kantuen aide artean
ikusi nuen mundua;
ipuiak ziren edo kondaira 
edo-ta frutu santua.
Haien oihartzun eraginzalez
erein zidaten barrua.
Geroztik erne ta hazi zitzaidan
lore gorri bat ariman;
hemen daramat, hemen bizi-dut 
ertetzen zaidan kantuan;
gerrako garrak etzuten erre
zelai kiskarratuetan,
izotzak arren gordinik dago
ondoko giro nahastuan;
gogorragoa giroa eta
gorriagoa orduan!.»

«Aprendí a ver el mundo /  a través de las canciones del pueblo... / sembraron mi espíritu / de sus ecos sugerentes. / Desde entonces brotó y creció / una roja flor en mi alma; / aquí la llevo, aquí me vive / en la canción que sale de mi garganta. / Pese a todo y a la helada, pervive lozana / en un medio brutal y enrarecido / y cuando más duro y más cruel es el ámbito, / más bella se vuelve.» [Antton Valverde. «Euskal kantuen meza» («Una vieja canción»), 1975].

«La canción», escribe Carlos Cano, «me dio voz, me abrió ventanas, me apartó sombras, me hizo libre, me puso alas, venció fantasmas, me alimentó ternuras, me quitó el miedo a la soledad, me unió a la gente, me dio una luz, sentimiento, dolores y alegrías, alamedas, caminos, ideas, horizontes, esperanzas, tierra, cielo y una luna clara para soñar».

Mientras tanto, en 1962, el cantautor vasco Mikel Laboa dio su primer recital, cantando en euskera temas tradicionales. Fue dentro de un festival organizado por los estudiantes vascos, celebrado en el teatro Argensola de Zaragoza. ¡Y YO SIN SABERLO!

En 1963, Chicho Sánchez Ferlosio grabó su primer disco clandestino editado en Suecia; se tituló Canciones de la resistencia española, un álbum ilustrado por José Ortega que contenía, entre otras, las canciones «Los gallos», «La paloma» y «Canción de Grimau». Curiosamente, en aquella grabación, no se citaba a Chicho por ningún lado, ausencia que se justificaba con la siguiente leyenda: «Se silencia el nombre del autor por razones de seguridad». ¡Y YO SIN SABERLO!


sábado, 9 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 3



Otra de las habitaciones que teníamos en mi casa sureña de la calle Las Novias era el cuarto de estar, el lugar donde la familia pasaba la mayor parte del día, sobre todo las tardes y los fines de semana. Allí, durante el invierno al calor del brasero y el resto del año con un gran ventanal abierto de par en par a la calle, se chismorreaba, se cosía a mano o con la Singer, se hacían bolillos, se escribían cartas familiares, se leía (aunque poco), se hablaba, se recibía a las personas de confianza y se oía la radio. 

Sí, en aquella habitación, sobre una cómoda bastante alta para mí, había una enorme radio (presencia y personaje que, como ya contaré más adelante, ha sido clave en mi vida); radio familiar que, allá por los años cincuenta, sonaba sin parar y, en algunos momentos del día, llegaba a tener una capacidad de convocatoria extraordinaria. 

Recuerdo perfectamente cómo por el 59, cuando volvía del colegio, a las cinco en punto de la tarde, la familia se concentraba en el cuarto de estar alrededor de la radio para escuchar, con silencio absoluto, una radionovela por entregas titulada Ama Rosa, escrita y dirigida por Guillermo Sautier Casaseca. Allí lloraba todo el mundo, ¡hasta mi padre!, aunque, como varón que era, intentaba disimularlo.


Yo me enganché a la radio, como si fuera un imán, poco después. Fue ya en 1960. Me ponía de rodillas sobre una silla para poder llegar con más facilidad al aparato, empezaba a darle vueltas a los mandos y me pasaba horas escuchándola. Poco a poco, me fui dando cuenta de que había hecho un descubrimiento apasionante. Tan apasionante que lo de estudiar quedó a un lado y, en junio y septiembre de 1960, suspendí el examen de Grado Elemental. Era un mal estudiante, pero ¡cómo me gustaba la radio!

El primer programa que logró engancharme de verdad se llamaba Ustedes son formidables. Lo presentaba Alberto Oliveras. Se emitía a las diez y media de la noche y yo, fuera como fuera, me quedaba a escucharlo. Mi madre solía decirme: «A la cama, que mañana hay que ir al colegio». Y yo: «Espera… Espera… Espera…»; hasta que el programa terminaba. Ahí fue donde descubrí La sinfonía del nuevo mundo, de Antonín Dvořák, y me encantó, ya para siempre asociada a Oliveras.

En aquel programa, gracias a la participación y a la generosa colaboración de los oyentes, se solucionaban todas las semanas muchos y muy graves problemas de la gente y de los pueblos. Cada programa era un reto. Años después aprendí que aquella inolvidable experiencia tenía un nombre: solidaridad; algo que venía a demostrar que los seres humanos, cuando nos lo proponemos, tenemos la posibilidad de ser formidables.

Y gracias a la radio de los sesenta comenzó a irrumpir en mi vida la música y la canción. Al principio de una forma salvaje e indiscriminada. Recuerdo programas y personajes por los que sentía verdadera adicción: Caravana o Vuelo 605, con Ángel Álvarez; Discomanía (¡qué grande Raúl Matas!); o El gran musical, de Tomás Martín Blanco. Aunque, en realidad, lo que más me gustaba y de lo que era un auténtico fan era de lo de los Los discos dedicados; desde que lo descubrí me di cuenta de que allí era donde sonaba lo que de verdad le gustaba a la gente.

Recuerdo que en aquel tiempo lo escuchaba todo, pero pronto empezó a surgir en mi sensibilidad selectiva un principio que, hoy por hoy, considero esencial: me emociona o no me emociona. Principio que, sin duda, considero el más decisivo a la hora de adentrarme en el siempre subjetivo ámbito de la llamada «calidad».

Podría hacer una larga enumeración (un verdadero revoltijo) de cantantes y canciones escuchadas en la radio en los inicios de los años sesenta; cantantes y canciones que todavía hoy sigo atesorando en mi memoria musical: José Luis y su guitarra (que, además, era de Jaén, como Karina, Joselito o Raphael); Marisol (¡de enamorar!) y Gelu («Chica ye-ye»); el Dúo Dinámico, Los Cinco Latinos y Los Tres Sudamericanos; José Guardiola y las Hermanas Serrano (de quienes, años después, supe, y no precisamente por la radio, que también cantaban en catalán); Gloria Laso, Luis Mariano, Serenella y una tal Lilián de Celis con su «Chica del 17», «Polichinela» y «Tápame, tápame!». Y muchos y muchas más que recuerdo, incluso internacionales. Citaré algunos sin orden ni concierto, tal y como los escuchaba en la radio con catorce años: Juan Pardo, Carasone, Paul Anka, Machín, Nat King Cole, Rita Pavone, Aznavour, Gilbert Becourt. Doménico Modugno, Elvis, Connie Francis, Mike Ríos, Nina y Frederik (dúo danés-holandés que, años después, en 1969, redescubrí versionando a Atahualpa Yupanqui) y una extraña fijación que llegó a obsesionarme: Ray Conniff y su Orquesta

Inmerso en aquel batiburrillo radiofónico-musical de 1961, en el colegio de los Hermanos Maristas (año en que repetí curso), tuve la suerte de realizar un gran descubrimiento: ¡los discos de vinilo! (singles y elepés). Me fascinó tenerlos cerca y poder tocarlos.



Recuerdo que aquel año, con motivo de las fiestas del colegio, el hermano Germán me encargó poner y quitar los discos que sonaban en el patio por megafonía prácticamente durante todo el horario escolar. Todavía no me he explicado por qué me confió aquella tarea.

Los tres días que duraron las fiestas del colegio me los pasé en la sala donde estaban el tocadiscos y una primitiva y simplísima mesa de sonido. El primer día que abrí el armario de los discos descubrí que, entre músicas y canciones religiosas y algún «clásico», había también algunos de los singles y elepés de los cantantes que escuchaba por la radio. Curiosamente, lo recuerdo muy bien, había varios singles de Ray Conniff.

¡Cómo disfruté! ¡Hasta me sentía importante! El último día de las fiestas del colegio no pude evitarlo y robé un disco a los Hermanos. Había tantos que no se darían cuenta. Y, claro, fue un single de Ray Conniff. Solo recuerdo que tenía cuatro canciones y que una de ellas era «Bésame mucho», una canción que siempre me ha «puesto», sobre todo desde que se la escuché cantar en 1990 a Paula Molina.

Aquel primer single robado fue como un tesoro. ¡Qué magia y qué maravilla el vinilo! Pero en casa no tenía donde poder escucharlo. 

En junio de 1961 aprobé a la tercera el examen de Grado Elemental y mis padres me regalaron, como premio, una pequeña radio Telefunken que llevaba incorporado, en la parte superior, un pequeño tocadiscos en el que solo se podían poner singles. Con mis ahorrillos, e implicando a mi tía Carmen, la pianista frustrada, me compré dos o tres singles más; pero era una pena que en el plato de aquel mini-todadiscos no cupiesen los elepés. Si los singles me encantaban, los elepés eran una verdadera locura; como una especie de enamoramiento imposible en aquel momento.

Poco tiempo después, en junio de 1962, conseguido el título de Bachiller Superior (¡mi trabajo me costó!), convencí a mi padre para que me comprara un pick-up en el que pudiera escuchar elepés. Me lo compró en una de las tiendas referenciales en aquel momento en Jaén: Manuel Rubio y Compañía, y lo hizo a pequeños plazos, cosa que no supe, como seguidamente os contaré, hasta unos meses después.

El primer elepé que compré, invirtiendo todos mis ahorros adolescentes, fue un regalo que quise hacerle a mi madre. Le encantaba la zarzuela y, en particular, La del manojo de rosas, de Francisco Ramos Castro, Anselmo Carreño y el maestro Pablo Sorazabal. Todavía conservo aquel primer elepé y me sé de memoria varios fragmentos del libreto: «Hace tiempo que vengo al taller y no sé a que vengo… En todas partes te veo, me tiene loco ese cuerpo, hasta la muerte he de quererte». Nunca he llegado a ser un apasionado de la zarzuela pero, mira tú por dónde, aquella consiguió engancharme.

Aquel fue el primero y el único elepé que tuve por aquella época, porque mi padre, pasado el verano, tuvo que devolver el pick-up a Manuel Rubio y Compañía por falta de pago. Yo no terminaba de entenderlo, me cabreé y lloré, pero a las pocas semanas no me quedó más remedio que entenderlo: estábamos en la más absoluta ruina económica. Una familia aburguesada venida a menos que vivía prácticamente de lo que nos daban mis tíos. Éramos sencillamente pobres y las broncas entre mis padres encerrados en el cuarto de los baúles empezaron a ser frecuentes e insoportables; me rompían el alma. Mi padre, sin trabajo e intentando mantener unas apariencias burguesas absurdas y falsas, se veía hundido y sin salida. Más de una vez intentó suicidarse.

Mientras tanto, en Madrid, Jesús Munárriz y Chicho Sánchez Ferlosio empezaron a componer y a interpretar lo que alguien llamó «el otro cantar». Chicho, con el que después mantuve una linda amistad, estaba firmando anónimamente sus primeras canciones, las míticas «La huelga de Asturias» y «Gallo rojo y gallo negro». ¡Y YO SIN SABERLO!


Lluís Serrahima, en enero de 1959, escribía en la revista Germinàbit de la Unió Escolania de Montserrat un artículo titulado «Ens calen cançons d'ara», que tuvo una gran repercusión dentro y fuera de Cataluña. Entre otras, en aquel artículo Serrahima formulaba las siguientes reflexiones: 

«Hem de cantar cançons però nostres i fetes ara […] és greu que no se'n facin de noves, jo almenys no n'he sentides. Podem atribuir-ho a les circumstàncies, però de cançons se'n poden fer de moltes menes i maneres, a més, aquestes circumstàncies no poden per elles mateixes, privar un poble de les seves cançons. És precisament en moments difícils que han nascut gran nombre de cançons, de les boniques, aquelles que els pobles han transformat en una mena d'oració col·lectiva […]. Es tracta, doncs, que surtin cançons d'aquest moment nostre […]. Què fan els músics que ara són joves?». 

«Hemos de cantar canciones pero que sean nuestras y hechas ahora [...] es grave que no se haga nada nuevo, yo por lo menos nada he oído. Esto lo podemos atribuir a las circunstancias, pero se pueden hacer canciones de muchos modos y maneras; aún más, estas circunstancias no pueden, por sí mismas, privar a un pueblo de sus canciones Es precisamente en los momentos difíciles cuando han nacido muchas canciones que el pueblo transformó en oraciones colectivas [...]. Se trata pues de que aparezcan canciones de este momento nuestro [...]. ¿Qué hacen los músicos que ahora son jóvenes?». 

¡Y YO SIN SABERLO!

Cinco años antes, Rafael Alberti, en su libro Baladas y Canciones del Paraná (1953 - 1954) se preguntaba:


También en 1959 Raimon componía «Al vent». ¡Y YO SIN SABERLO! 

Dos años después, en 1961, Michel Labèguerie grabó en Bayona (Francia) dos singles míticos, Labeguerie'ren Lau Canta, que fueron un referente esencial para el nacimiento de la «nueva canción vasca». ¡Y YO SIN SABERLO!



El 29 de mayo de 1961, con el fin de impulsar la música y la canción catalana, se crea en Barcelona la mítica editora discográfica Edigsa, que sería clave para el nacimiento, la producción y la difusión de la «nova cançó». ¡Y YO SIN SABERLO!


El 10 de diciembre de ese mismo año, se organiza un concierto en Barcelona en los locales del CICE (Centro d'Influència Católica Femenina) en el que Espinàs, Miquel Portel, Lluís Serrahima y Remei Margarit interpretaron sus canciones en catalán. ¡Y YO SIN SABERLO! 

Y en 1962 se creó en Cataluña el colectivo «Els Setze Jutges» con el fin de «utilitzar la música cantada en català com a vehicle d'expressió popular que contribuís a normalitzar la llengua i la cultura dels Països Catalans»; grupo inicialmente creado por Josep Maria Espinàs, Remei Margari y Miquel Portel, en el que se fueron integrando progresivamente Delfí Abella, Francesc Pi de la Serra, Enric Barbat, Guillermina Motta, Xavier Elies, Maria del Carmen Girau, Martí Llauradó, José Ramón Bonet, Maria Amèlia Pedrerol, Joan Manuel Serrat, Maria del Mar Bonet, Rafael Subirachs y Lluís Llach. ¡Y YO SIN SABERLO!

miércoles, 6 de diciembre de 2017

"MI VIDA ENTRE CANCIONES". CAPÍTULO 2




Cuando tenía aproximadamente un año y medio, la familia completa se trasladó de Girona a Jaén. Mis recuerdos infantiles de aquellos primeros años sureños no son muchos, pero algunos revolotean aún en mi memoria con nitidez.

Al llegar a Jaén nos instalamos en el gran caserón donde vivía mi abuelo materno; estaba situado en la calle Las Novias, nombre que siempre me ha intrigado, sobre todo por ese plural. ¿A quién y por qué se le ocurrió llamar así a aquella calle empedrada del casco antiguo de la ciudad? 

Me lo he preguntado muchas veces y nunca había logrado averiguarlo hasta que, colaborando recientemente en el programa de Radio Nacional Esto me suena. Las tardes del Ciudadano García, conocí a Miriam Plaza. 

Miriam tiene en ese programa una sección llamada «El nombre de mi calle» en la que los oyentes llaman por teléfono, preguntan el origen del nombre de su calle y ella, tras investigarlo a fondo (no siempre es fácil), lo averigua y lo cuenta en antena de forma rigurosamente documentada.

Un día, charlando en la redacción, le dije a Miriam que iba a llamarla por teléfono, como solían hacer los oyentes, porque yo también quería saber cuál era el origen del nombre de mi calle: Las Novias, de Jaén. Lo hice y, pasadas unas semanas, me sorprendió en directo dando respuesta a mi curiosidad de muchos años atrás. Voy a recuperar lo que consiguió averiguar, porque creo que es una historia bien linda, curiosa y llena de romanticismo.

Según la presidenta de la Asociación de Guías de Turismo Oficiales de Jaén, que fue la persona con la que Miriam conectó para hacer la investigación, el origen del nombre de la calle Las Novias en la que crecí es el siguiente: 

Parece ser que en el siglo XVII, en esa calle en cuestión, había una casa donde vivía un matrimonio con siete hijas. Eran todas jóvenes, pero no conseguían casarse porque, al parecer, según la leyenda, no eran muy agraciadas físicamente. Un día, una de ellas, la mayor, dando un paseo por el campo, se encontró con un mozo que se fijó en ella; ligaron, se enamoraron y consiguieron casarse. A partir de aquel casamiento, el resto de las hermanas, paseando por el mismo lugar, fueron encontrando sus respectivos novios. Todas las tardes, a la misma hora, aparecían en la calle para visitar a sus amadas, hablar con ellas y «lo que se terciara»; eso sí, en la puerta de entrada o a través de la ventana, que era lo máximo permitido… Pues bien, aquello llamó la atención a los vecinos y a partir de entonces mi calle quedó bautizada popularmente con el nombre de «La calle de las novias». ¡Me encanta! Hoy por hoy me siento orgulloso de haber crecido allí.

¡De película de posguerra! Mi hermano y yo (el de la izquierda)
tomándonos un "¡qué se yo!" "no sé cuando".

Y volvamos sobre mi casa en Jaén. Tenía un largo pasillo al que daban, prácticamente, todas las habitaciones; entre ellas el cuarto de estar donde teníamos la radio, el cuarto de los baúles (que tantas veces pude explorar) y el cuarto del piano, llamado así porque en aquella habitación había un precioso piano. 

Aquel piano, desde que llegamos a Jaén, fue muy importante para mí y tiene su historia. 

En la casa de la calle Las Novias también vivía con nosotros una hermana de mi madre que era soltera y murió siéndolo, la tita Carmen, a la que mi abuelo había obligado a hacer la carrera de piano (¡ordeno y mando!). Ella, obediente (¡como debía ser, sobre todo por tratarse de una chica!), la hizo y completa. Pero lo cierto es que, una vez que terminó aquellos estudios, no volvió a tocar una tecla en su vida y, ¡claro!, el pobre piano (como el arpa de la rima de Bécquer) permaneció allí, «en el ángulo oscuro, totalmente desafinado y de su dueña olvidado». (Por cierto, ¡qué hermosamente musicalizó y cantó Benito Moreno, en 1980, aquella «Rima VII» de Gustavo Adolfo!).

Menos mal que llegué yo y que, un buen día, debía tener tres años, trepé por el taburete, me senté en él, abrí la tapa y primero una tecla, después otra y así hasta acabar con un aporreo incontrolado. Ejercicio pianístico que realizaba con frecuencia y que fue mi primer contacto con aquella magia que sonaba y tanto me sorprendía: ¡la música! Desafinada y sin sentido, pero música a fin de cuentas. En aquellos trances siempre terminaba apareciendo un adulto que me obligaba a bajar del taburete, cerraba la tapa del piano y me decía: «¡Para ya, que nos va a explotar la cabeza!».

Y vuelvo al pasillo de la casa de la calle Las Novias. Allí me pasaba gran parte del día jugando y dándole pábulo a mi naciente y desbordante imaginación. Fue allí donde empecé a saber y a experimentar lo que era soñar. Sueños en aquel momento lúdicos en los que tan pronto era un cura que daba la comunión a mi familia con chocolatinas redondas de Nestlé, como un pianista muy famoso y aplaudido, sueño que nunca se hizo realidad. Por supuesto, lo de ser cura tampoco. 

Otro recuerdo imborrable de aquella primera infancia sureña tiene nombre de mujer. La llamábamos Mariquita, una mujer extraordinaria y muy humilde a la que mi madre le daba unas monedas para que me sacara de paseo. Mujer radicalmente alegre, divertida, buena, libre y diferente; mi primera maestra de la vida con la que realicé mis primeros aprendizajes de lo que era la alegría, la ternura, el optimismo y el amor. ¡Y cómo me quería! Cada vez que me acuerdo de ella, y lo hago con bastante frecuencia, no puedo evitar relacionarla con Teresa, otra gran mujer («récord d'infantesa») a la que Ovidi Montllor le dedicó su bellísima canción «Homenatge a Teresa»: «Ens parlava de l'amor com la cosa més bonica i preciosa. Sense pecats…». Así era también Mariquita. Muchos años después supe que aquella maravillosa mujer fue la abuela del cómico (buen actor) Santi Rodríguez.

En 1950, mis padres decidieron llevarme a un colegio y me metieron en el de las Hijas de Cristo Rey, que estaba en un caserón de la calle Obispo Aguilar. Acababa de cumplir los cinco años y recuerdo que, al principio, aquello fue un trauma. Acostumbrado a la libertad y a la desbordante alegría vivida con Mariquita, aquellas «oscuras» monjas, de hábitos negros y cofias tiesas y almidonadas, no me gustaban nada. Ante aquella situación, me pasaba el día llorando o, mejor dicho, berreando.

Sé lo del berreo porque un día, años después, me contó mi tío Manolo, hermano de mi madre que vivía muy cerca del colegio, que una mañana pasó por la puerta y le llamaron la atención los berridos infantiles que salían por una de las ventanas. Lleno de curiosidad, se paró a escuchar y enseguida descubrió que era yo, su sobrino, el que lloraba. Entró en el colegio, preguntó qué me pasaba y me rescató. A decir verdad, yo de aquello no me acuerdo.

Lo que sí recuerdo es que las monjas, cuando ya no soportaban por más tiempo mis lloreras, me separaban del grupo de compañeros y compañeras y me llevaban castigado al lavadero o al cuarto de planchar, algo que llegó a encantarme porque tenía mucho morbo. ¡Que me castigaran se convirtió en un placer! (hermosa palabra que siempre reivindicaré).

En el lavadero de las monjas me encantaba verlas hacer jabón, y en el cuarto de plancha descubrí, con especial sorpresa, cómo iban adquiriendo rigidez, por el calor, aquellas cofias blancas, tiesas y almidonadas que se ponían en la cabeza, o cómo planchaban su ropa interior. Todo aquello, en realidad, tenía para mí un punto de naciente erotismo; en aquellos primeros castigos escolares fue donde descubrí que las monjas eran mujeres; o sea, que debajo de sus cofias y de sus lúgubres sotanas de entonces, aparte de su vocación, de su humanidad y de su entrega educativa, tenían, por ejemplo, pechos, bragas y sujetadores, igual que mi madre y mi tía, ¡como es normal!

En 1952, los Hermanos Maristas, tras su salida de Jaén en 1940 una vez acabada la Guerra Civil, volvieron a la ciudad para abrir y poner en marcha un nuevo colegio. Lo hicieron, provisionalmente, muy cerca de mi casa, en el antiguo palacio del Capitán Quesada, situado en la Plaza de la Merced. Mis padres, nada más enterarse de la noticia, me sacaron de las monjas y allí que nos llevaron a mi hermano y a mí para ser de los primeros matriculados. El 6 de octubre empezamos el curso.

Palacio de Quesada. Edificio en el que estuvo el primer
Colegio Marista de Jaén.

Yo tenía seis años y, una vez más, lo de ir al colegio no me gustaba nada. Recuerdo que en aquel primer curso me escapé varias veces para irme a casa. Nunca me olvidaré de una de aquellas escapadas: Yo corriendo por las calles Merced Alta y Las Novias hasta llegar a mi casa y el hermano Luis corriendo que se las pelaba detrás de mí. Ya en mi casa (yo llegue antes), mi madre le dio al marista un vaso de agua y un abanico para que se refrescara, y a mí me soltó un buen par de bofetadas.

De cualquier forma, a pesar de aquellas escapadas, pasado un tiempo, en aquel colegio fui feliz y me sentí muy querido. No puedo decir lo contrario.

Lo que más recuerdo de aquellos días y del Palacio Quesada donde estaba el colegio, era una escalera de caracol por la que solamente estaba permitido que subieran los «hermanos» y que daba acceso a lo que llamaban «clausura», o sea, a unas habitaciones privadas y misteriosas en las que estaba prohibida la entrada a los alumnos (y digo «alumnos» porque el colegio era solo masculino).

Fue allí donde, por primera vez en mi vida, las palabras «clausura» y «prohibido» empezaron a ser para mí una especie de reto, o quizá de tentación, que me incitaba placenteramente a la transgresión. Nada me interesaba más en aquel momento que subir aquella escalera de caracol y descubrir qué había, qué se escondía y qué se hacía en la «clausura». Pues bien, después de varios intentos arrepentidos a mitad de la ascensión, un buen día llegué hasta arriba del todo, abrí un poquito la puerta y descubrí al hermano José en pantalones y camiseta, o sea, sin sotana, ¡como mi padre y mi abuelo! Pero lo más importante que descubrí aquel día, y todos los siguientes que realicé la ascensión, fue el gran placer que, a pesar del miedo y el riesgo, puede producir la transgresión de lo prohibido.

El 9 de mayo de 1953 hice la primera comunión en el colegio. En abril del 55 el obispo Don Félix Romero Mengíbar bendijo y colocó la primera piedra del futuro nuevo colegio y, en el 56, allá que nos fuimos. 

Yo tenía diez años, era feliz, pertenecía a una «familia bien» andaluza, aunque venida a menos, y todavía, prácticamente, no me había enterado (la verdad es que no sentía la menor curiosidad) de quién era Franco ni de lo que significaba la cruenta dictadura política que en aquel momento estábamos sufriendo en España.

Mientras tanto, en 1955, ¡Y YO SIN SABERLO!, el poeta Blas de Otero había escrito su libro Pido la paz y la palabra («la paz para poder vivir, y la palabra en defensa del derecho a la vida, y del reconocimiento de la dignidad humana»); y Gabriel Celaya, al que años después tanto amé, publicaba su poemario Cantos íberos, libro que llegó a calificarse como «la Biblia de la poesía social» («la poesía es un instrumento entre otros, para transformar el mundo…; es un arma cargada de futuro…; es el canto que espacia cuanto dentro llevamos…; ¡cantemos como quien respira!»).

Blas de Otero y Gabriel Celaya.

En 1956, ¡Y YO SIN SABERLO!, Paco Ibáñez, exiliado en París, componía su primera canción sobre el poema de Luis de Góngora «La más bella niña». Primera «canción de autor» de nuestra historia reciente creada a partir de la musicalización de un poema, o sea, estaba empezando a surgir el renacimiento de un nuevo «mester de juglaría».

Al año siguiente, 1957, en Barcelona, Josep Maria Espinàs, escritor y periodista, tras conocer y entusiasmarse con el movimiento de la vecina Chanson Française y especialmente impactado por la personalidad y las creaciones de Georges Brassens, prepara y desarrolla varias conferencias en catalán bajo el título de George Brassens el trovador del nostre temps; conferencias en las que destacó y reivindicó la necesidad de que la canción catalana adquiriera un contenido social y literario comprometido y de calidad para poder liberarla de la banalidad a la que, en aquel momento, se encontraba sometida. ¡Y YO SIN SABERLO!

Aquel mismo año tuvo lugar también un acontecimiento importante relacionado con el mundo discográfico: la edición de un vinilo del cantante lírico Manuel Ausensi interpretando, en catalán, poemas de autores catalanes como Salvat-Papasseit o Joan Maragall, con música de Eduard Toldrà. Acontecimiento que se repitió en 1958, aunque en un estilo musical y poético completamente diferente, con la edición de dos singles con canciones cantadas igualmente en catalán (primeros discos de la canción catalana moderna). En ambos discos, tanto Las Hermanas Serrano como José Guardiola, que en aquella ocasión firmó como Josep Guardiola, interpretaban y popularizaban, por primera vez, éxitos internacionales traducidos en lengua catalana. ¡Y YO SIN SABERLO!

Por aquellos mismos años, concretamente en 1953, en Argentina, Atahualpa Yupanqui, hijo de criollo y de vasca, grababa su primer LP titulado Una voz y una guitarra; y Violeta Parra, en Chile, su primer single en solitario, un disco compuesto por dos de sus primeras canciones: «Que pena siente el alma» y «Casamiento de negros». E igualmente, ¡YO SIN SABERLO!